Sueño: Vuelta a Casa

 


Volver a Casa.

 El chico soñaba. Y cuando cerraba los ojos, veía el océano.

Contemplaba embelesado las insondables profundidades del mar. Viajaba a lugares que la gente tan siquiera imaginaba que existían. Veía corales alzarse en el fondo marino como estructuras alienígenas de multitud de colores. Seguía el camino de bancos de mantarrayas, que parecían volar con sus cuerpos planos como si fuesen águilas surcando el cielo. Se maravillaba con la exuberancia de la flora marítima, y se sobrecogía al descubrir las inmensas grutas submarinas, algunas de las cuales desembocaban en lugares que no estaban hechos para ser contemplados por el ojo humano.

Todas las mañanas, tras despertar del sueño, el muchacho se encontraba sumido en una mezcla de miedo y excitación. Corría al cuarto de baño, se ponía debajo de la ducha, y dejaba que el agua acariciase su piel hasta que lograba calmarse.

El agua siempre le había parecido muy acogedora. Como si fuese su hábitat natural. Una tontería, por supuesto, ya que el muchacho necesitaba el aire como todos los demás.

Los sueños comenzaron en su adolescencia temprana. Al principio se fascinaba por lo vívidos que eran. Si en el sueño tocaba un alga con la mano, se despertaba con la sensación casi gelatinosa de la hoja de la planta en la yema de sus dedos. Si en su viaje se raspaba contra alguna piedra, despertaba con escozor en la piel. Incluso durante los primeros días, cuando abría los ojos, le costaba creer que se hallaba en su habitación y no nadando entre peces y plancton. Pero últimamente los sueños estaban cambiando. Ahora acababan siempre de la misma forma: El joven nadaba hacia una planicie donde la vida no prosperaba: un desierto oceánico. En medio del lugar, había un enorme hoyo negro, lo suficientemente grande como para tragarse un carguero entero. El chico se quedaba ahí, flotando y clavando su mirada directamente en las tinieblas del mar. Entonces, unas voces lo llamaban por su nombre. No su nombre real, otro nombre: Cresstus. Pero al muchacho le sonaba como si fuese el propio. En ese momento, el miedo y la agitación se mezclaban en su interior, pero sin llegar a fusionarse. Eran agua y aceite. El chico se armaba de valor y se internaba en aquella misteriosa boca del océano. Entonces despertaba.

Esa mañana, tras despertarse, se dirigió a la cocina para comprobar si su estómago le permitía comer algo. Él ya estaba despierto y en su casa, pero su cuerpo y su mente todavía vagaban por el mar.

Mientras picoteaba sin ganas una tostada con aceite y bebía a pequeños sorbos una taza de café, recibió un mensaje en el móvil.


¡Despierta, Marquitos! He hablado con Jaime y Laura. Nos vamos a pasar el día a la cala Norte. Ya vamos de camino, así que te toca buscarte la vida para llegar ahí. Por cierto, si tu madre ha hecho empanada no nos vamos a negar a probar un trozo.”

 

Marcos no tardó ni diez minutos en preparar la mochila de tela con todo lo necesario para ir a la playa. Sus padres se habían marchado a pasar el día a la casa que tenían en la montaña, de modo que no habría empanada para nadie. Se preparó un simple bocata con algo de embutido y salió por la puerta con las llaves de la moto en ristre.

Marcos paró la moto en el arcén y dedicó un instante a observar la cala Norte. La cala Norte era una hermosa ensenada rodeada de vegetación, y custodiada por unas altas paredes de roca aparentemente imposibles de franquear. Pero Marcos y sus amigos no eran simples turistas y conocían los secretos de su tierra.

El chico escondió la moto entre unos arbustos que había cerca de la carretera y se internó en la vegetación. Camino por el borde del precipicio mientras seguía con la mirada a sus amigos, que habían desplegado las toallas en la arena y estaban comenzando a sacar bebidas de una nevera portátil. Llegó al extremo del acantilado que daba directamente al mar y, con cuidado, comenzó a descender por unos peldaños naturales que el clima había creado al erosionar la piedra. Cuando descendían por ese tramo, todos los amigos de Marcos lo pasaban mal. No era para menos: un descenso de más de veinte metros a lo largo de una pared rocosa que amenazaba constantemente con desprender grava sobre sus cabezas. Pero Marcos lo disfrutaba, porque cuando descendía, podía notar la brisa marina y el olor a salitre, y aquellas sensaciones lo hacían sentirse a salvo.

La cala Norte era un lugar de peligroso acceso, pero merecía la pena. Además de la belleza sobrecogedora del mar y del paisaje que ofrecía la ensenada, había en la cala Norte un misterio que había fascinado a Marcos desde que conoció aquel lugar.

Cerca de la pared que separaba aquel paraíso del mundo terrenal, había cuatro columnas de piedra, semienterradas por la fina arena de la playa. Su padre le contó que, cuando las descubrieron, vinieron estudiosos de todo el país para tratar de descifrar las extrañas inscripciones que hay labradas en su superficie. Pero todos los intentos por descifrar los crípticos símbolos habían sido en vano: con el tiempo, el interés por las columnas fue desvaneciéndose, hasta que quedaron relegadas a una mera curiosidad que los lugareños mencionaban de cuando en cuando a los turistas que veraneaban en la ciudad.

Siguiendo el ritual que realizaba desde hacía más de cinco años, Marcos se acercó primero a las columnas. Sonriendo, pasó una mano por las inscripciones de su superficie. Era su modo de saludar a la playa.

Jaime y David lo recibieron casi en la orilla, levantando los botellines de cerveza al verle aparecer. Laura ya estaba sumida entre las olas, nadando plácidamente. Marcos aceptó una cerveza de sus amigos mientras estos le ponían al día de las cosas anodinas que les habían pasado esa semana. Pero Marcos no escuchaba. Sus oídos ya se habían fundido con el susurro de las olas al romper en la orilla. Sus ojos absorbían con avidez la inmensa gama de tonos azules que coloreaban el mar. El olor a salitre parecía tirar de él, atrayéndolo.

Se sintió un poco contrariado, porque nunca antes había experimentado con tanta fuerza la atracción del mar. Durante un instante miró sus pies para comprobar que estos no se movían solos hacia el agua.

Con un par de frases educadas, se deshizo de Jaime y David. Se quitó la camiseta con una floritura y corrió a refugiarse en el seno del agua. Laura lo esperaba en la zona más profunda, haciendo aspavientos con las manos. Cuando llegó a su lado, la chica le tendió unas gafas de bucear, y como la marea se lo permitía, se acercaron a la zona rocosa, donde era más fácil ver animales.

Estuvieron un rato nadando entre las rocas, pero el mar estaba demasiado revuelto y no consiguieron ver nada interesante. Cuando se hubieron cansado, ambos comenzaron a nadar hacia la orilla. Marcos nadaba a braza, y Laura buceaba de cuando en cuando. En el momento en que estaban a punto de llegar a la zona donde podían hacer pie, Marcos notó que una sumergida Laura tiraba de su pie con fuerza. Al instante, la chica emergió con una expresión de incredulidad.

—¿Qué pasa? —preguntó Marcos.

—Dios mío, Marcos. Esto es…, no te lo vas a creer. Ponte las gafas y mira esto.

Marcos obedeció. Cuando se sumergió, vio que su amiga señalaba algo a su espalda. Se dio la vuelta al mismo tiempo que el corazón le daba un vuelco.

Un enorme banco de peces lo seguía muy de cerca. Casi era un milagro que no los hubiese golpeado al patalear hacia la orilla. Aquel ejército estaba compuesto de cientos de peces de diversas especies, que se perdían en la distancia del mar. Todos ellos parecían tener su atención puesta en Marcos, y estaban ahora inmóviles. Esperando el siguiente movimiento. Cuando emergieron a la superficie, ambos se miraron sorprendidos, y descubrieron un manto de nubes grises que comenzaba a velar el sol.

—¿Qué les pasa a los peces? —masculló el chico.

—Ni idea. Puede que se acerque una ventisca muy fuerte. Leí en alguna parte que los animales hacen cosas raras cuando viene mal tiempo. Aunque según el parte meteorológico, hoy daban sol todo el día —respondió Laura señalando hacia el cielo encapotado.

—¡QUÉ PASADA CHICOS! ¡VENID A VER ESTO!

Jaime les gritaba desde el otro extremo de la ensenada, donde estaban las columnas.

Cuando Marcos y Laura salieron del agua, se empezó a levantar un molesto viento, que arrastraba con él diminutos granos de arena: eran como picaduras en la piel.

Marcos y Laura se acercaron casi corriendo hacia las columnas. Es posible que ambos quedaran sin aliento simultáneamente.

Las inscripciones de las columnas habían empezado a brillar. Y la luz que emitían vibraba violentamente, como si fuese la imagen de un televisor estropeado.

—¿Qué mierda es…?

David no terminó de formular la pregunta, porque una poderosa ola rompió en la orilla a sus espaldas, y arrastró con ella las pertenencias del grupo.

Jaime bramó un improperio y corrió hacia la orilla, seguido del resto de sus amigos.

Un destello iluminó el manto de nubes en el cielo, y fue seguido por un enorme estruendo que se hizo sentir por toda la cala. Como si el lugar temiese la tempestad, las paredes de roca comenzaron a soltar pequeños trozos de grava.

—Chicos esto ya es peligroso. Dejad las cosas, tenemos que irnos ya de…

Otra enorme ola rompió en la orilla, empapándolos con una espuma fría y blanca.

De sus entrañas, surgieron tres figuras. Dos hombres y una mujer.

El trío caminaba despacio y con parsimonia, ajenos al temporal que se había desatado a su alrededor. Estaban ataviados con las armaduras más extrañas que Marcos hubiese visto jamás. Parecían hechas de corales y conchas del fondo marino. Unas extrañas espadas de filo rojo oscilaban en sus cinturones. Sus ojos eran de un color blanco, o una tonalidad tan clara de azul que era casi indiscernible.

La mujer esbozó una sonrisa felina en los labios. Marcos sintió un escalofrío que recorría su espalda. El vello de los brazos se erizó al instante.

La extraña surgida del océano se puso frente a él y se pasó una mano por su mata de cabello verde y mojado. Parecía que le tomaba las medidas con la mirada. Después, sus ojos se pasearon por el resto de sus amigos, y la sonrisa se torció en una mueca de desdén. Hizo un gesto a uno de los soldados que la acompañaban, que tampoco apartaba la mirada de Marcos. El hombre se acercó a ella y le tendió un extraño objeto. Se asemejaba a un cilindro de cristal, pero cada lado estaba sellado por una tapa dorada, ornamentada con los tentáculos de un pulpo. En medio del artefacto, había una especie de boquilla metálica.

La mujer le mostró el objeto. Marcos lo observó sin entender muy bien si quería que lo tomase. Entonces, la misteriosa mujer y sus acompañantes se arrodillaron ante él, y sólo dijeron una palabra: Cresstus.

El escalofrío que había experimentado hacía tan solo unos instantes se convirtió en una descarga de electricidad que sacudió todo su cuerpo. Por un momento se hizo el silencio, que era roto por el sonido de las olas al lamer la orilla.

Marcos miró a sus amigos. Todos habían palidecido. Jaime respiraba entrecortadamente, David retrocedía dando pequeños pasos sin quitar la mirada de los forasteros, y a Laura le temblaban los labios.

Por alguna extraña razón que no acababa de comprender, él no estaba asustado; porque de algún modo comprendía que, en aquel momento, su destino empezaba a cumplirse. Las piezas sobrantes del puzle de su vida estaban empezando a encajar. Nunca había pertenecido a aquellas tierras. Nunca había sido un hijo de la superficie. Nunca.

Una inesperada calma se apoderó de todo su ser.

La mujer se alzó de nuevo. Respondiendo a un gesto de su señora, los hombres se adelantaron y agarraron a Jaime por los brazos. Laura comenzó a gritarles. David trataba de tirar del cuello de la armadura de uno de aquellos soldados, pero este se lo quitó de encima con un rápido manotazo. Jaime trataba de zafarse, mientras llamaba a Marcos a gritos, con los ojos desorbitados por el miedo.

Los hombres arrastraron a Jaime hasta ponerlo al lado de la mujer de cabellos verdes. Con un certero golpe en las piernas, lo pusieron de rodillas.

Jaime balbuceaba palabras sin sentido, revolviéndose como una serpiente. Pero luchaba en vano. Aquellos misteriosos individuos tan siquiera parecían estar haciendo un esfuerzo por retenerle.

—Ha pasado mucho tiempo, mi señor. Es hora de que vuelvas con nosotros. Los Ocultos te añoran. —La mujer volvió la cabeza durante un instante para contemplar el mar embravecido con sus ojos blancos—. Puede que no recuerdes, pero este lugar no es tu hogar. Este lugar no es tan siquiera digno de tu presencia. Es tu destino volver a nuestros brazos, Cresstus.

La mujer se llevó una mano a la parte trasera del cinturón, y sacó una daga de filo rojo y curvado. Por un instante, se quedó mirando a Marcos —Cresstus— con la daga oscilando levemente en su palma. Como si esperase una autorización.

—Una vida por otra. —Acercó el filo al cuello de Jaime. Una gota de sangre comenzó a descender por su garganta—. Un corazón joven que deja de latir, para volver a dotar de vida a uno que lleva años en letargo.

Con un giro de muñeca, una sonrisa sangrienta se abrió en la garganta de Jaime, que abrió los ojos hasta sacarlos casi de las cuencas, y empezó a boquear, tratando de encontrar aire. Pero la sangre ya había ascendido por su laringe, de modo que lo único que brotó de su boca fueron borbotones de líquido oscuro.

Uno de los hombres le agarró la cabeza por el pelo, exponiendo más la herida. La mujer quitó la boquilla de metal del misterioso artefacto cilíndrico, y comenzó a llenar su interior con la sangre de Jaime.

Laura no paraba de gritar, y David se había quedado congelado. El otro soldado del mar se acercó a Marcos y lo tomó por el codo, con solemne determinación. Lo guio hasta la mujer de cabellos verdes, que abrió la boquilla metálica del cilindro que contenía la sangre de su amigo, y se lo puso en la boca.

El tipo que había apresado a Jaime se colocó a su izquierda, y también lo tomó por el codo. La misteriosa mujer empezó a andar hacia el mar, hundiéndose poco a poco en las oscuras aguas. Sus súbditos siguieron sus pasos. Marcos no luchaba, no forcejeaba. Al pasar a su lado, contempló con indiferencia el cadáver de Jaime, al tiempo que ignoraba los gritos y las súplicas de sus otros amigos.

Ellos no lo entendían. Él tampoco alcanzaba a comprenderlo del todo. Pero que no lo comprendiese no lo hacía menos real. Nunca había pertenecido a la superficie. No era parte de aquel mundo.

Se zambulló en las olas, escoltado por los dos hombres. Cuando estos empezaron a nadar, se vio propulsado a través del agua con la velocidad de un torpedo. De algún modo, el cilindro de cristal le permitía respirar bajo el agua. Mordió la boquilla del aparato con fuerza, emocionado.

Cuando hubieron alcanzado las profundidades insondables, aquellas con las que siempre soñaba, contempló como tres figuras gigantescas comenzaban a erguirse desde el fondo marino. Lo contemplaban con sus enormes ojos rojos, sacudiendo las aletas, los tentáculos, y las alas.

Aquellas criaturas emitieron al unísono un gruñido gutural, que se propagó por el agua en forma de violentas vibraciones que Marcos sintió retumbar en su pecho.

Los Ocultos le daban la bienvenida. Había vuelto a casa.


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